4 de febrero de 2012

¿Homo homini lupus?

En ocasiones es complicado justificar o simplemente comprender algunos aspectos del pensamiento político dominante. En la actualidad estamos sufriendo (y lo seguiremos haciendo) comportamientos y medidas basadas en la cultura del miedo, en la desconfianza hacia al propio ser humano, unas políticas que lo que realmente esconden es egoísmo y deseos de inmovilismo social.

Propuestas legislativas como las de solo aumentar el trabajo público referido a las fuerzas represoras del Estado o el interés desmesurado por modificar lo antes posible las leyes educativas no son obra del azar. Las ansias de control y manipulación de la clase dirigente parecen evidentes, aunque probablemente parte de las raíces ideológicas de este modelo social se hunden en la propia historia del pensamiento. Por ello, parece importante, hoy más que nunca, acercarse y conocer brevemente la obra de Thomas Hobbes, un filósofo oscuro y misantrópico que influyó en gran medida en las concepciones funcionales y organizativas de los Estados modernos.

El hombre es un lobo para el hombre”, decía Hobbes allá por el Siglo XVII en un desparpajo de pesimismo antropológico. Desde ese momento, su homo homini lupus  se ha convertido en una importante idea fuerza basada en la necesidad de reforzar un “Estado absoluto” y en la sentencia de cabecera de los abanderados del conservadurismo más rancio. Pero, ¿qué se esconde tras esta apreciación? ¿Realmente el ser humano es malo por naturaleza?

No es complicado imaginar que Hobbes era un hombre complicado y marcado por la incertidumbre y la desconfianza. En su biografía podemos leer que su madre lo alumbró de forma prematura por el terror que tenía la pobre mujer al acercase a las costas británicas la Armada Invencible. “El miedo y yo nacimos gemelos” son las palabras del autor. Parece que desde ese mismo instante, el rencor por los seres humanos se pondría de manifiesto en cada uno de sus planteamientos. Por ello, no debe sorprendernos que las teorías de Hobbes estén basadas en el terror a la guerra,  un miedo latente que le lleva a defender un Estado que garantice la seguridad de todos, aunque sea a cambio de ejercer un poder ilimitado sobre cada uno.

Su obra más famosa, Leviatán, es un influyente manual sobre la organización estatal de la sociedad y sobre la propia naturaleza humana. Es una obra gris, donde se justifica el poder estatal sobre las personas por medio de ejemplos de hasta donde la barbarie humana es capaz de llegar si no se tuviera ningún tipo de control externo, ninguna autoridad que los guíe:

“Es por ello manifiesto que durante el tiempo en que los hombres viven sin un poder común que les obligue a todos al respeto, están en aquella condición que se llama guerra; y una guerra como de todo hombre contra todo hombre”.

En las palabras de Hobbes se puede atisbar su desconfianza vital y su visión negativa del ser humano que le hace entender la vida como una violenta competición entre personas caóticas, irracionales, movidas por sus instintos más básicos e incapaces de colaborar.

Para evitar la guerra de todos contra todos (“bellum erga omnes”), Hobbes propone que los hombres deben ceder su poder, sus derechos fundamentales y su capacidad de decisión a un ente superior que, sin demasiados paternalismos, garantice por cualquier medio la paz y con ella, la productividad económica.

Efectivamente, este estado tendrá su poder fundamental de coerción en la violencia física. “La autoridad sin el respaldo de la espada no vale nada” era su opinión al respecto. De esta forma, las fuerzas armadas y policiales deberán de garantizar la propiedad privada y la tranquilidad de los súbitos de ese monstruo llamado Leviatán.

Pero, lógicamente, iría en contra de la propia paz que la fuerza de Leviatán estuviera aplastando continuamente conatos de guerra social, por ello, el otro gran puntal de la teoría de Hobbes es la necesidad  de fomentar e imponer la obediencia y la sumisión al pueblo ante el gobierno y el propio Estado (1).

A raíz de estos planteamientos, Hobbes considera que los deseos de cambio, las ansias de progreso y el pensamiento divergente son incompatibles con la prosperidad: “Suprímase en cualquier clase de Estado la obediencia (y, por consiguiente, la concordia del pueblo), y no sólo no florecerá el Estado sino que quedará disuelto en poco tiempo” afirma en su Leviatán. Una idea muy recurrente, dentro de su línea de justificación de cualquier acción violenta contra el pueblo, por el “bien” del pueblo.

Para asegurarse la obediencia del súbdito, Hobbes no escatima en estrategias absolutistas, desde utilizar para el beneficio del Estado los púlpitos eclesiales, hasta el control absoluto de la cultura. Estos son, a grandes rasgos, los principales postulados de un filósofo, Thomas Hobbes, cuya herencia ideológica es fácilmente observable en los actuales planteamientos sociopolíticos.

Un siglo después, en el XVIII, antes de la revolución burguesa francesa, Rousseau vendría a poner el contrapunto a Hobbes con su “El hombre es naturalmente bueno, es la sociedad lo que lo corrompe”. Es decir, desde la perspectiva rousseauniana, aunque discutible también en muchos aspectos, ya no se considera el hombre como un ser egoísta y violento por naturaleza, sino que es su propio contexto sociocultural (probablemente como le ocurrió al propio Hobbes) el que lo convierte en competitivo y desconfiado.

Como Rousseau, otros muchos pensadores rebatieron hasta la saciedad esa idea de “El hombre es un lobo para el hombre”, una sentencia lapidaria en cuanto a la naturaleza humana. Destacamos, por ejemplo, a Piotr Kropotkin, pensador anarquista ruso y padre de la teoría sobre el apoyo mutuo, una teoría, basada de forma amplia en el darwinismo, donde se defiende la necesidad de la colaboración y ayuda entre los seres humanos como alternativa más viable de supervivencia y mejora social.

Sin embargo, volviendo de nuevo a Hobbes, lo que mucha gente no sabe es que la frase original “Homo homini lupus” no es de este autor inglés, sino que éste la tomó del autor latino Tito Macio Plauto, concretamente de su obra cómica Asinaria o la comedia de los asnos, cuyo texto exacto dice: “Lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit” que significa: “Lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro”, expresión que sin duda merece la pena recordar.

De esta forma, Hobbes no toma literalmente la locución latina de Plauto, sino que la adapta a su propio pensamiento y obvia la última parte que evidencia la incertidumbre y la ignorancia de aquel hombre que, efectivamente, es lobo con el hombre. En otras palabras, la moraleja de la frase original no es que el hombre sea lobo para el hombre, sino que el hombre ignorante es lobo para el hombre, así, la gran enseña hobbesiana, es tirada ya por tierra por su autor original dos mil años antes de que el propio Hobbes naciera.

Como hemos comprobado, el egoísmo y el miedo se mezclan en el pensamiento de Hobbes, un temor probablemente basado en la propia ignorancia hacia el otro, pero que continua siendo un importante recurso, tal y como podemos comprobar en la actualidad, para todos aquellos que desean la predominancia de los valores conservadores, reaccionarios y el continuismo del estatus quo social y político.

El miedo se combate con el conocimiento, la ignorancia con el intercambio y la construcción conjunta de la realidad. Negar las posibilidades racionales y de autoorganización del ser humano es probablemente negar nuestra propia esencia social. Hobbes hizo una teoría a la que se han agarrado históricamente con uñas y dientes una casta de dirigentes déspotas que pretenden seguir convenciéndonos de que el sistema de represión y manipulación que les sustenta es por nuestro propio bien.
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Nota:
(1) Puelles, M. (2004). Elementos de política de la educación. UNED: Madrid

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